He quedado con él. Me gusta un montón. Empezamos a enrollarnos, nos besamos. La cosa va cogiendo ritmo, va creciendo la excitación. Me siento húmeda. ¡Y es que me pone mucho! Nos tocarnos, nos masturbamos un poco. Él me dice que quiere darle al tema, que ya no puede más. A mí me apetecía seguir un rato más metiéndonos mano, pero le digo que sí. Tampoco me disgusta la penetración, sólo que prefiero dedicar más tiempo a hacernos otras cosas. Es una cuestión de ritmos. Se pone el preservativo, me penetra. Estamos así un rato. Él termina, yo no. Me abraza y se echa a un lado. Dice que estuvo muy bien.

¿Fin? ¿Para quién? ¿Quién lo ha decidido? ¿Este encuentro sexual fue igual de satisfactorio para ambas partes? ¿Qué deseos se han priorizado?

Todavía es bastante habitual que el deseo y el placer masculino se pongan en el centro en el marco de una relación heterosexual (aunque no solo, porque la heteronormatividad también se cuela en las relaciones homosexuales). Muchas veces son ellos los que marcan los tiempos, las prácticas, el inicio y el fin de un encuentro erótico. En otras tantas, las chicas tienen un rol más activo, pero aun así el orgasmo masculino marca la cadencia y la duración del encuentro.

Y es que la educación que recibimos sigue perpetuando la idea de que los chicos tienen más deseo, que les resulta más difícil controlarlo, que no pueden quedar “a medias” en una relación sexual. ¿Alguien se pregunta qué pasa si una chica o persona con vulva se queda “a medias en una relación”, si no llega al orgasmo? ¿Se da la misma importancia que cuando le pasa a un chico?

El imaginario social que inculca mitos como los que hemos mencionado antes, también transmite la idea de la sexualidad femenina está al servicio de otros. Que no tiene existencia por sí misma. Las chicas aprendemos de forma muy sutil que el placer sexual es algo que ofrecemos a cambio de amor. Que las necesidades de la otra persona se anteponen a las nuestras.

Esa visión, unida al poco conocimiento de nuestro cuerpo y de cómo estimularlo, acaba por llevarnos a colocar nuestro placer y satisfacción en un lugar subordinado. Muchas veces cuesta identificar y comunicar qué, cómo y cuándo nos apetece. Acabamos por normalizar la situación de no tener o de tener menos orgasmos que la pareja en el caso de mujeres que tiene relaciones sexuales con hombres (cisgénero).

Hoy día se ha dado por llamar brecha orgásmica a esa desigualdad en las vivencias eróticas. Y es que las relaciones de género atraviesan a todos los ámbitos de la vida, incluyendo la sexualidad. De hecho, investigaciones[1] apuntan que un 65% de las mujeres han tenido orgasmos habitualmente en sus relaciones frente a un 95% de los hombres, en el caso de relaciones heterosexuales. Esa cifra sube a 86% en el caso de mujeres que tiene relaciones con mujeres y 89% en el caso de las relaciones entre hombres. En resumen, parece que los orgasmos están desigualmente repartidos según el género y la orientación sexual. Los hombres heterosexuales son los que experimentan orgasmos de forma más habitual en sus relaciones mientras que las mujeres heterosexuales lo viven de forma mucho más esporádica (de hecho, un 20% de mujeres no lo experimentan nunca frente a un 2% de hombres).

Y aquí hay que resaltar que el orgasmo no es ni mucho menos el criterio de satisfacción en una relación sexual. Ni el orgasmo es el punto clímax o más importante de un encuentro ni tiene porque haber siempre orgasmo. De hecho, si lo sacamos de ese lugar central y sacudimos la obligación de tenerlo para tener relaciones placenteras, posiblemente podamos disfrutar más y ampliar nuestro repertorio erótico.

Pero al margen de lo anterior, la brecha orgásmica nos da una muestra de que la desigualdad de género atraviesa también las relaciones íntimas y hace que el derecho al placer y la satisfacción sexual no sea una realidad para muchas mujeres y desde luego para personas con identidades no normativas.

¿Imagináis que pasaría si fuera la chica la que llega a un orgasmo y da por finalizado el encuentro sexual en el relato que abría este texto? ¿Creéis que el chico lo asumiría sin más? ¿Se sentiría satisfecho?

Reflexionar sobre estas desigualdades y buscar maneras de que el placer esté disponible para todas las personas implicadas en una relación sexual es practicar el buen trato y la justicia erótica.

No se trata tanto de dejar de tener orgasmos, sino de pensar si siempre se sigue el mismo guion en un encuentro, si siempre es la misma persona quien tiene un orgasmo o lo hace con más frecuencia. Y que, si una de las partes ha llegado, puede acompañar a la otra a encontrar su satisfacción en lugar de desentenderse. ¿Cómo te puedo acompañar? ¿Qué te apetece? son preguntas para ejercitar la corresponsabilidad con el placer y la satisfacción de la(s) otra(s) persona(s).

[1] Damonti, P. (2020). La brecha orgásmica. Katakrak Liburuak.