Así es. Se siente. Pero mejor que alguien asuma el papel de poli malo si hace falta y os cuente que no siempre los amantes ‘fueron felices y comieron perdices’.
B. y S. son jóvenes. Llevan juntos desde los 16 años y se acaban de mudar a Madrid. No hay rincón del pisito de alquiler en el que no hayan gozado el uno del otro. Han hablado sobre la posibilidad de dejar de usar el preservativo como anticonceptivo, una posibilidad que cada vez les ha seducido más hasta el punto de que visitan el CJASM en busca del asesoramiento que no han obtenido en otros recursos.

Mientras les explicamos qué son y cómo actúan los métodos hormonales, hacemos un breve comentario que modifica el curso de la visita:

– Recordad, los hormonales solo previenen un embarazo no deseado. Los que además nos protegen de infecciones de transmisión genital son los de barrera…

Sincronizados, se miran el uno al otro. Y, a continuación, tras unas risitas cómplices, ambos dirigen su mirada a la sexóloga.

– ¡Ah! Bueno, por eso no te preocupes. Nosotros somos pareja, sentencia S.

Ser pareja estable en el tiempo, y además amarse, no proporciona inmunidad a nuestros genitales. Muchas parejas hablan de qué hacer el fin de semana, de los estudios, del trabajo, de comprarse esto o aquello, del futuro, de sus proyectos. Y también muchas parejas eluden, consciente o inconscientemente, hablar de qué significa para cada miembro estar precisamente en pareja y qué concepto de fidelidad maneja cada uno. Lo heredemos. O lo damos por hecho. Incluso, cuando caemos en la cuenta -si es que caemos- nos da miedo abordar el tema, no sea que lo que escuchemos no nos guste, nos inquiete o haga que tengamos que pensarnos.

Convendremos que hoy, en esta monogamia sucesiva, donde estoy contigo el tiempo que nos dure, predomina la idea de exclusividad, si bien comienzan a oírse voces disidentes. Se trata de una exclusividad muy exclusiva, donde, supuestamente, no existen encuentros eróticos fuera del ámbito de la pareja. Fidelidad consiste sobre todo en no probar otra carne. Si no se ha llegado a cruzar la línea fronteriza del cuerpo, quizá puedan salvarse los muebles de la casa. Da igual el flirteo o que uno de los dos piense en un tercero constantemente. No ha habido consumación, no hay cuernos.

Pero la vida es algo más compleja y, en ocasiones, por motivos muy diversos, no solo acabamos siendo dos en nuestra cama. Somos con quienes nos relacionamos en el pasado. También con quien estuvimos hace un año, cuando nos dimos ese tiempo. Y seremos esa o ese de mañana si es que está por suceder. Aunque hoy te quiera a ti por encima de todos.

El amor nos salva de la insignificancia en este mundo. Pero no hace de escudo protector frente a infecciones ni embarazos. Es tiempo de que las parejas modernas pongan las cartas sobre la mesa y se fortalezcan incluyendo entre sus conversaciones cuándo y con quién usar qué métodos anticonceptivos, aunque se trate de situaciones hipotéticas. Porque estar en pareja, entre millones de cosas, también significa tener en nuestras manos parte de la salud de quienes la componemos.

Mientras seguimos con el asesoramiento, Nach suena en la radio: sin amor no hay futuro, rapea… Pero sin salud tampoco, pensamos en silencio.