Creo escuchar que se llama Gloria. Está sentada en una de las terrazas más cool de la capital, a dos calles del CJAS. La acompañan otras dos chicas. La complicidad que reflejan sus gestos y el tema de conversación me hacen dar por supuesto que son amigas íntimas. Calculo que acaban de estrenar los veinte. Gloria es jacona, como dicen en mi familia, lo que traducido significa grande pero atractiva. Sin embargo, últimamente parece no estar viviendo su sexualidad de forma satisfactoria. Ha conocido a Roberto, un chico algo mayor y también algo más tonificado que ella, del que se siente poderosamente atraída, como hacía tiempo que no le sucedía. Paradójicamente, desde que está con él se tensa cuando anticipa un encuentro erótico y, en caso de no rehuirlo, tiene la necesidad imperiosa de apagar la luz para que las imperfecciones de su cuerpo y los miedos derivados de ellas se diluyan en la oscuridad de la alcoba.

Conozco a muchas Glorias. Cada una con su vendetta particular: que si los kilos de más, las nalgas de menos, la anchura excesiva de las caderas, la no turgencia de unos pechos que, se supone, deberían ser ajenos a la ley de la gravedad, los pezones algo invertidos, la sudoración por exceso producto del movimiento que desata la pasión, la pericia como defecto en el manejo del cuerpo del otro, las estrías, la celulitis y los posibles olores, y así una lista de historias interminable. Por si fuera poco, a todo esto es preciso añadir que parece que por el mero hecho de disponer de genitales y tener relaciones eróticas deberíamos haber nacido aprendidos en el asunto. Pero también es cierto que todos tenemos corazón y no por eso nos exigimos ser cardiólogos. Lo que sucede es que nadie nos ha contado que la vulnerabilidad es inherente al encuentro con el otro. En ese espacio de profunda intimidad no sólo desnudamos nuestros cuerpos, sino que quedamos a merced del de enfrente y ahí pueden proyectarse miedos, inseguridades y complejos que inhiben parcial o temporalmente al amante que llevamos dentro.

Apelando a la normalidad se nos ha sometido a un sin fin de constricciones. Además, el canon de belleza imperante es especialmente feroz con ellas, haciéndolas renegar de su cuerpo cuando ‘se sale de la media’ y, por extensión, pasando como una apisonadora por su autoestima. Con toda esa presión, las Glorias del mundo se meten en la cama. Las hay que se las apañan bien mientras que para otras el santo grial del placer es sencillamente misión imposible.

La escritora Jeanette Winterson se preguntaba ‘¿por qué ser normal cuando se puede ser feliz?’. Grabároslo bien: no existe una manera unívoca de ser una buena amante. Ni siquiera sabemos si existen buenas o malas amantes. Tan solo que las hay. Una por cada una de nosotras. Todas válidas.

‘Si yo pudiera darte una cosa en la vida, me gustaría darte la capacidad de verte a ti mismo a través de mis ojos’, decía Frida Kahlo. Lo que erotiza un cuerpo es la mirada del otro. Ahí las imperfecciones son etéreas…