9.00 am de un miércoles cualquiera en el barrio de La Latina. Un hombre hace movimientos muy extraños y grita algo en otro idioma. Va vestido como si fuese John Snow y parece estar interpretando un papel. Hay miradas cómplices entre los viandantes, la gente se ríe de él sin cortarse un pelo, desde luego parecería que se ha escapado de Juego de Tronos.

Este chico, que es una persona real y tiene nombre, se llama Antonio y la serie se le ha subido tanto a la cabeza que se cree que puede ir por la vida disfrazado y hablando su propio lenguaje, realmente cree que la gente va a entenderle porque ¿quién no ha visto Juego de Tronos?

Cualquiera que le vea, sin necesidad de ser psicólogo/a o psiquiatra podría interpretar que Antonio se ha desconectado un poco de la realidad y algo no está funcionando bien en él. Porque la diferencia entre la ficción y nuestras vidas cotidianas parece que está clara. Pero ¿y si hablamos de porno? ¿Tenemos igual de clara la diferencia?

Una y otra vez vemos resultados de encuestas sobre lo que la gente piensa del porno y nos inquieta la cantidad de personas que lo utilizan para aprender. ¿Por qué no nos basamos en Juego de Tronos para aprender sobre la vida cotidiana pero sí depositamos nuestra confianza en este tipo de vídeos que son igualmente ficción? Tal vez porque las personas que se supone que deben elegir nuestra educación (madres, padres, tutores…), aplicarla (profes, educadores/as…) o legislar sobre ella (políticas educativas), miran constantemente para otro lado negando la importancia de una educación sexual que vaya más allá de enseñar a poner preservativos en plátanos a los 13 años (en el mejor de los casos) o dedicar un pequeño apartado cuando llega el ansiado tema de ¡¡¡la reproducción!!! en la asignatura de biología.

Si nadie nos orienta sobre lo que es la sexualidad, más allá del riesgo, las infecciones, la anticoncepción, etc. en algún otro lugar trataremos de buscar referentes sobre este universo tan complejo y tan tabú que ocurre en un encuentro erótico con otra u otras personas. Y de esto parece que se está encargando la pornografía.

 

Y si es el porno el que educa, ¿qué enseña?

Os invitamos a poneros las gafas de la mirada crítica, coged papel y boli y vamos a sentarnos frente a una peli porno para tomar apuntes sobre la inmensa sabiduría que muchos dicen obtener:

– Vamos a encontrarnos con que todo es un decorado y detrás de esa cama o ese escenario hay cámaras luces, productores y un guión que los actores y actrices están interpretando.

– Veremos que los gemidos y esos enormes gritos de placer de las actrices están preparados y no son reales. ¿O es que cuando uno/a se masturba en la intimidad de su habitación también gime como si le estuviesen matando? No parece necesario, ¿verdad? Y sin embargo, en un encuentro erótico con otra persona, parece que también hay que hacer ese papel… Es cierto que gemir puede ser algo real y mostrar a la otra persona que nos gusta lo que estamos haciendo también, pero ¿tanto teatro es necesario?

Nos encontraremos con cuerpos muy parecidos y muy poco reales. Vemos actores que normalmente no son modelos precisamente, pero sí tienen un pene enorme. Pregunta de examen: ¿qué nos enseña esto sobre la sexualidad masculina? El hecho de que apenas salga el rostro y el cuerpo del hombre y sí se centren en enseñarnos su pene, da que pensar, ¿verdad?

– Los cuerpos de las mujeres en cambio sí se ven ¡y mucho! Desde todos los ángulos. Son cuerpos depilados con vulvas muy infantilizadas, de hecho hay muchas actrices que se operan la vulva para que tenga ese aspecto tan naif. De nuevo esto es ficción, las vulvas de la vida real son muy diferentes, tienen muchas formas, colores, vello, tamaños muy diversos, etc. pero parece que esto el porno lo censura.

 

De nuevo, os invitamos a reflexionar sobre el papel de la mujer en esta clase de ficción. ¿Qué nos están queriendo enseñar? Prácticas, posturas, etc. ¡Sorpresa: el porno es coitocentrista! En nuestro afán por aprender todo lo que el porno quiere enseñar, podemos sacar la conclusión de que para que tenga lugar un encuentro erótico de verdad, esto es, para follar, tiene que haber sí o sí penetración vaginal o anal. Y si no la hay, pues debe ser que la película se “ha quedado a medias”, porque para completarlo ha de haber penetración y orgasmo. Siempre.

 

Y a lo mejor ha llegado la hora de que nos preguntemos primero qué es lo que buscamos de un encuentro erótico y qué es lo que nos gusta hacer para disfrutar. Si muchas mujeres dicen no tener orgasmos únicamente mediante la penetración, ¿por qué una y otra vez nos están diciendo que esa es la forma correcta y válida de tener encuentros eróticos?

 

Podríamos seguir enumerando una larga lista de aspectos que hacen del porno un universo ficticio, pero creemos que puede ser interesante continuar con la clase y os invitamos a seguir tomando apuntes de lo que el cine porno comercial nos quiere enseñar. Como personas inteligentes, tomemos la decisión de elegir lo que hacer con la información, teniendo la idea clara de que nada de lo que vemos es real ni tiene por qué parecerse.

 

La mejor forma de saber qué es lo que le gusta a alguien no es ver una película que nos enseñe “cómo hacer el mejor cunilingus”, igual que para Antonio no debería ser Juego de Tronos un referente sobre cómo vivir su vida cotidiana. La mejor forma es preguntar, comunicarnos y tener inquietud por saber quién es esa otra persona que está ahí. Es conocer nuestro cuerpo y descubrir aquello que nos gusta sin vernos obligados/as a seguir lo que las enseñanzas del porno nos dicen sobre lo que debería o no gustarnos, qué posturas, gestos, prácticas son las válidas.

 

Os invitamos a ser dueñas/os de una sexualidad consciente que no se vea obligada a seguir las normas de lo que está bien y mal según el porno, si no de nuestro propio criterio.